Como dice el
hispanista Ian Gibson, Luis Buñuel es el aragonés más célebre del mundo después
de Goya y está considerado como uno de los grandes creadores del siglo XX.
Luis Buñuel nació en
Calanda (Teruel) a pocos kilómetros de Andorra, mi pueblo natal. Siempre escuché
hablar de él. Sobre su significación política y cinematográfica, las opiniones
eran controvertidas. En cambio, su pasión por los tambores despertaba un
consenso generalizado.
La reciente publicación de Luis Buñuel. La forja de un cineasta
universal, obra del hispanista Ian Gibson me ha motivado para
plasmar en esta bitácora una reseña sobre esta obra publicada hoy en La
Vanguardia.
Ian Gibson profundiza en las raíces de una obra
cinematográfica del calandino, transida de resonancias personales, cada vez más
valorada internacionalmente. En la obra recoge aspectos muy significativos de
la vida de este insigne turolense:
La
infancia del cineasta, la intensa relación con la madre, su larga temporada con
los jesuitas, los años universitarios en Madrid al lado de Lorca y de Dalí, el
traslado a París en 1925 —donde encuentra pronto su vocación y participa en la
apasionante aventura del surrealismo—, Un
Chien andalou y el escándalo de L’Âge
d’or, la vuelta a España bajo la República, su trabajo con la productora
Filmófono, el compromiso antifascista y, empezada la contienda, su actuación
semisecreta a órdenes de la embajada española en París...
NÚRIA ESCUR
La Vanguardia
19 de enero de 2014
Hay que estar loco para meterse en ésta aventura y, obviamente, no lo haces si
no te apasionan el biografiado y sus circunstancias. Haber escrito las
biografías de Lorca y Dalí hizo imperativo completar la trilogía; fueron tres
amigos geniales e inseparables en sus vidas y sus obras”, responde a La
Vanguardia el historiador Ian Gibson cuando se le pregunta cómo se logra poner
en solfa todos los papeles de Buñuel.
Coinciden todas las voces en que Luis Buñuel (Calanda, 1900 - México, 1983) es el
aragonés más célebre del mundo después de Goya. Este creador, referente
cultural del siglo XX, ha sido objeto de una minuciosa disección por parte del
hispanista Ian Gibson, una elección por otro lado lógica después de abrir en
canal las vidas de Lorca y Dalí. Era la pieza que le faltaba. En Luis Buñuel.
La forja de un cineasta universal (Aguilar), Gibson busca las raíces primeras
de la obra cinematográfica del calandino.
Clasificar y digerir toda la bibliografía acumulada en torno a Luis Buñuel no
era tarea fácil. Podría arredrar a cualquiera. Siete años ha tardado Gibson en
recopilar datos y recuperar pistas in situ en Calanda, Zaragoza, Madrid o
París. Quizá lo más original del libro sean los datos de infancia de Buñuel y
las cartas inéditas de la madre y la esposa. Le escribe, la primera: “Solamente
el tener siete hijos es causa justificada para las neurastenias por buenos y
santos que estos sean. Uno por una causa y otro por otra, constantemente he de
sufrir y luego verme sola, sin apoyo moral ni material, sin consejos...”
La biografía revisa esa infancia, la de un chaval con tendencia a liarse a
puñetazos tras cada clase de violín, al que bautizan con el apodo de León de
Calanda cuando, con apenas trece años, se presenta a un concurso de lucha
grecorromana. También su relación edípica con la madre (“cuando nace Luis su
madre tiene 18 años y su padre 45, eso te marca”), la larga temporada con
jesuitas y la influencia de la religión en su vida (“como en la mía propia”,
guiña Gibson), los años de descubrimientos en la Residencia de Estudiantes
junto a Lorca y Dalí (el “triángulo amigo”), el traslado a París en 1925 (“yo
no era surrealista cuando llegué a París, me parecía cosa de maricones”, le cuenta
a Max Aub y, sin embargo, se sumerge ello)... Pero también el proyecto de Un
chien andalou o el escándalo de L’âge d’or, la vuelta a España bajo la
República, el compromiso
antifascista y su situación semisecreta a órdenes de la embajada española en
París.
A finales de 1938, con la guerra civil española instalada, Buñuel embarca con
su hijo y su esposa hacia EE.UU. encargado de una misión gubernamental en
Hollywood. No volvería a pisar tierra española hasta 1960, ya ciudadano
mexicano, para rodar Viridiana pero... esa ya es otra historia.
Porque el libro sólo abarca hasta ese momento. No había presupuesto ni
posibilidades para más. “No creo que pueda hacer la segunda parte porque ya
tengo 75 años y cada libro cuesta 5 o 7 años de trabajo. Tendría que ocurrir un
milagro: sólo si apareciera un millonario mexicano, que los hay, y se ofreciera
a financiarla”.
El dublinés Ian Gibson, ciudadano español desde 1984 y vecino de Lavapiés
–entre otras cosas por estar cerca de la Filmoteca Española– custodia el
archivo de Luis Buñuel. Su investigación arranca mientras revuelve en los
ficheros de Lorca y Dalí; la figura del cineasta aparece repetida y
obstinadamente asociada a los otros dos y a partir de esas notas Gibson forja
la cronología vital de Luis Buñuel Portolés. Viaja a Calanda, visita archivos
municipales y parroquiales, habla con familiares y amigos y sube montañas para
ver los mismos paisajes que Buñuel veía.
El libro incluye más de 2.500 referencias y, con casi mil páginas, no se libra
de algún gazapo, –“alguna fecha equivocada, algún lapsus, tienen razón”– dando
como resultado un perfil final de Buñuel que resulta inquietante. “Buñuel iba
por la vida algo disfrazado, era escurridizo al hablar, proclive a tergiversar
los hechos, incluso a mentir. El Buñuel esencial está en sus películas, pero yo
me quedo con el estupendo cachondo mental aragonés, buen amigo de sus amigos”,
concluye el biógrafo.
Federico García Lorca, el amigo amado y odiado
"De todos los seres vivos que he conocido, Federico es el primero. No hablo ni
de su teatro, hablo de él. La obra maestra era él. (...) Ya se pusiera al piano
a interpretar a Chopin, ya improvisara una pantomima o una breve escena
teatral, era irresistible. Podía leer cualquier cosa y la belleza brotaba siempre
de sus labios. Tenía pasión, alegría, juventud. Era como una llama. Cuando le
conocí, en la Residencia de Estudiantes, yo era un atleta provinciano bastante
rudo. Por la fuerza de nuestra amistad él me transformó, me hizo conocer otro
mundo. Le debo más de cuanto podría expresar”.
Luis Buñuel escribe estas líneas en Mi último suspiro (1982), sabiendo que le
queda poco tiempo de vida.