viernes, 17 de febrero de 2017

Las mejores mentiras son aquellas que se vuelven arte y hacen de la vida algo bello o sublime.






Este año se cumple el 800º aniversario de Los Amantes de Teruel. La ciudad se vuelca en la celebración de una leyenda que ha dado la vuelta al mundo, aunque algunos solo hayan retenido lo de “tonta ella, tonto él”. Las Bodas de Isabel que diseñó Raquel Esteban disfrazan a Teruel de la Edad Media y atraen a una multitud. Magdalena Lasala (El beso que no te di), Javier Vázquez (Y si fuera posible amar…), Javier Sierra —que pasó una noche a solas en el mausoleo, pegado a las tumbas— y Javier Navarrete, con una ópera, han sido los últimos creadores que han arrojado su mirada sobre esta tragedia romántica hasta el delirio.
Hay historiadores que subrayan que el relato, ambientado en 1217, es un cuento, que nunca sucedió. Lo imaginó alguien en el siglo XV. En eso es una leyenda como tantas: una bonita mentira. Ahí está la gracia.
La mentira es despreciable cuando es despreciable. Pero hay mentiras y mentiras. Las mejores son las que evitan un daño innecesario, las que son más verdad que la verdad y aquellas que se vuelven arte y hacen de la vida algo bello o sublime. La belleza de las mentiras.
En El hombre que mató a Liberty Valance, John Ford recomendaba privilegiar la leyenda sobre la realidad. Qué sería de nosotros sin la mentira. Si solo pudiéramos exaltar los hechos y personajes cuya verdad fuera contrastada, los días se harían insoportables y el arte también. Además, el negocio de la religión se vendría abajo y nos quedaríamos sin navidades, semanas santas y fiestas de guardar.
Bendito y alabado sea el anónimo autor de la mentira de Los Amantes de Teruel.

Luis Alegre (El País)

16 FEB 2017

miércoles, 8 de febrero de 2017

Los Amantes de Teruel vuelven de la tumba (nunca se fueron)




El compositor Javier Navarrete convierte en ópera la leyenda de Isabel de Segura y Juan de Marcillla.

Teruel también existe, clama el esforzado dicho local en la menos poblada de las capitales de provincia españolas (35.000 habitantes). Y sobre todo, más allá de los imponentes rascacielos mudéjares patrimonio de la Humanidad, existen sus amantes, Isabel de Segura y Juan Martínez de Marcilla. Allí siguen, 800 años después, dándose la mano en el Mausoleo de los Amantes construido por Juan de Ávalos en 1956 y visitado cada año por 130.000 personas. Allí siguen… o así. La leyenda de su muerte por amor en 1217, que no pocos creen historia, se alimenta cada año por estas fechas (en esta ocasión será del 16 al 19 de febrero) con la representación popular de la muerte de Isabel y Juan (o Diego, como se prefiera) en los aledaños de la Plaza del Torico, el pulmón sentimental de la ciudad. Mientras tanto, cuadernos, pasteles, abanicos, botellas de vino, tapas y posters… todo vale en la ciudad para seguir manteniendo viva la llama de los jóvenes despechados.

Pero este año, las festividades que reivindican como cierto el mito de aquellos dos jóvenes muertos por amor albergan un ingrediente extra: la ópera Los amantes, que el compositor local afincado en Brighton Javier Navarrete ha regalado a la ciudad. Esta ópera de hora y media de duración e interpretada tanto en sus voces como en sus instrumentos por ciudadanos de Teruel se estrenará este miércoles en la iglesia mudéjar de San Pedro, y tan solo será representada en cinco ocasiones, los días 8, 10, 11, 12 y 14 de febrero.

Uno de sus escenarios es la propia capilla de San Cosme y San Damián, dentro de la propia iglesia, donde en 1555 fueron halladas por vez primera las dos momias que –según los defensores a ultranza de la veracidad de la historia- pertenecen a Isabel de Segura y a Juan Martínez de Marcilla. No faltan quienes, como el historiador local Fernando López Rajadel, creen sin embargo que se trata de las momias de dos antepasados de la familia Segura, madre e hijo. “Ni hablar, la prueba del carbono 14 que le hicieron los científicos ya dijo que la que está ahí debajo no fue madre, ese señor puede decir lo que quiera”, protesta una de las vigilantes del Mausoleo de los Amantes. La controversia que no cesa.

“Lo único que he cambiado de la historia es la situación de Juan, porque en vez de volver rico de la guerra –cosa que hoy no quedaría como muy glamurosa que digamos- yo le hago volver pobre y encima leproso, con lo cual creo que se justifica mejor su muerte, es más realista, más creíble”, explica Javier Navarrete mientras bebe una cerveza en el improvisado backstage tras el primer ensayo con público de Los amantes, el pasado sábado: justo a espaldas de lo que sería el sepulcro de los dos jóvenes.

Javier Navarrete adquirió notoriedad en 2007, cuando fue nominado al Oscar a la mejor música original por su trabajo en la película de Guillermo del Toro El laberinto del fauno. Además llegó a ganar un premio Emmy por la música del telefilme Hemingway and Gellhorn, producido por HBO y que protagonizaron Nicole Kidman y Clive Owen.

Fue hace ya dos años cuando los responsables de la Fundación Amantes, que gestiona el Mausoleo de los Amantes así como la inmensa mayoría de las actividades y publicaciones en torno a la leyenda (o historia) que popularizara en teatro Tirso de Molina, le pidieron que compusiera algo pensando en el 800 aniversario, ahora a punto de celebrarse. “Enseguida pensé en una ópera. Me senté a escuchar la iglesia de San Pedro y vi con claridad que esto solo funcionaría con música medieval en cuanto a espaciamiento, en cuanto a holgura, una música lenta, de ciclos largos, limpia… y a eso le puse luego un acento romántico”, explica el compositor, que asegura: “Esta obra ha sido compuesta a la medida de la iglesia de San Pedro, nace y muere aquí”.

Los sonidos medievales del laúd, la flauta, el violín, el arpa, el monocordio, la tafona o el tambor de piel, el eco emocionante de un coro local de voces blancas y alguna que otra licencia extravagante vertebran estas andanzas de Isabel y Juan (Diego, según la nomenclatura de Tirso de Molina). Pero Javier Navarrete se ha reservado el derecho de introducir una cuña de modernidad entre tanta Edad Media y tanta leyenda: de repente, cuando los padres de Isabel le prohíben que se case con su amado porque no tiene fortuna, ésta saca de entre sus ropajes ¡una pistola! “Creo que es un golpe de efecto divertido. La idea es un poco decir que los Amantes son de todas las épocas”, explica el compositor, que además travistió a los malvados padres de la pobre Isabel de Segura en una especie de traficante del Bronx de los años 70 y en un personaje que parece sacado del Ubú de Jarry o del cine mudo de Chaplin.

Fuente: Borja Hermoso.- El País, 8/2/2017

miércoles, 4 de enero de 2017

CONCIERTO DE AÑO NUEVO, 2017 : Orquesta Sinfónica Sana Cecilida de Teruel



La Orquesta Sinfónica Santa Cecilia de Teruel
dirigida por Alberto Navas:
Marcha Radeztky de J. Strauss (Año Nuevo, 2017)


Los turolenses dieron ayer la bienvenida al 2017, año de 800 aniversario de la Leyenda de los Amantes, de la mejor manera posible. Las polkas y los valses de la dinastía Strauss son ya una marca consolidada para el Año Nuevo que se repite todas las navidades a lo largo y ancho de todo el mundo, aunque en muy pocos lugares pueden escucharse precisamente durante la mañana del día 1 de enero. El más clásico es la Sala Dorada del Musikverein de Viena, donde comenzó la tradición en 1939 y desde donde es retransmitido en la actualidad a más de cincuenta países.

Pero ayer sonó además en el Teatro Marín de Teruel, donde de forma extraordinaria la Orquesta Sinfónica Santa Cecilia de Teruel, dirigida por Alberto Navas, ofreció un espectacular concierto con numerosos guiños al vienés, pero también con claro carácter propio.

Ante un entregado público que llenó las tres cuartas partes de las butacas del Marín, que desde que fue reinaugurado el 19 de noviembre ya ha acogido varias citas importantes, la Sinfónica de Teruel ofreció un brillante concierto dividido en dos partes. En la primera se interpretó un repertorio variado compuesto por piezas orquestales efectistas y muy conocidas. Comenzó con Si yo fuera rico perteneciente a la B.S.O. de Violinista en el tejado (Jerry Bock) y El oboe de Gabriel, compuesta por Ennio Morricone e incluida en la B. S. O. de La misión. A continuación la Sinfónica ofreció uno de los temas que no han faltado en su repertorio desde que la agrupación se formó el pasado mes de abril;?el segundo y cuarto movimiento (largo y allegro con fuoco) de la Sinfonía nº 9 de Antonin Dvorak, Sinfonía del Nuevo Mundo.

Y la primera parte se cerró con la misma pieza que, en forma de segundo bis, también pondría punto y final al concierto. Se trató de una versión muy especial del villancico Noche de Paz dividido en dos movimientos; el primero de ellos fiel a la composición clásica del alemán Franz Gruber, y el segundo según un arreglo de Alberto Navas mucho más rápido, en tempo di vals, como preámbulo de lo que venía después.

En esta composición, muy bien orquestada por el director de la Sinfónica, destacó una serie de pequeños solos que llevaron al público al extasis, sacando partido al clarinete de Beatriz Sánchez, contestado por los saxos y después por las flautas de Nerea Martín y Juan Alonso y el oboe de Cristina Esteban. Se elevaba la tensión al máximo con la trompeta de Nacho Civera, para resolver finalmente el grueso orquestal con un sonido intenso y grandilocuente.

Tras un breve descanso, comenzó la segunda parte del concierto que de algún modo homenajeó a la cita clásica de Viena, echando mano de algunas de las obras más virtuosas de la familia de compositores austríacos Strauss, como El murciélago, de Johan Strauss hijo, o Pizzicato polka, compuesta también por Johan Strauss hijo y su hermano Josef, aunque también hubo lugar para Marcha y Trepak, dos de los movimientos más populares de El cascanueces (Tchaikovsky), también de claro sabor Navideño.

El recital enfiló su recta final con dos simpáticos guiños al Concierto de Año Nuevo del Musikverein vienés; el primero de ellos cuando la Sinfónica entró en falso con el tema que tradicionalmente cierra el programa, El Danubio Azul de J. Strauss hijo. Siguiendo la costumbre, una parte del público interrumpió la entrada con sus aplausos y Alberto Navas paró a sus músicos, se dio la vuelta y felicitó el año nuevo a todos los presentes, antes de continuar, esta vez si, con el vals.

Y el segundo fue el que ya tiene todo el mundo en la retina y en el tímpano. Como primer bis y fuera de programa, la Sinfónica de Santa Cecilia ofreció el conocido arreglo de Leopold Weningersobre la Marcha Radetzky (Johan Strass padre), al ritmo de los aplausos emocionados y acompasados del público que seguía las indicaciones del director para darles la intensidad adecuada.

No es esta una moda contemporánea, la de aplaudir el poderío militar austríaco que inspiró La marcha Radetzky, sino un fósil de la época en la que el público de los conciertos de música clásica acudía a estos de una forma más habitual, desenfadada y natural. Hoy en día este tipo de citas están regidas por otro tipo de etiqueta, más encorsetada y académica, pero incluso los mayores melómanos necesitan soltarse la melena, de vez en cuando, en nombre de la música con mayúsculas.

Fuente: Diario de Teruel, 2/I/2017







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