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martes, 4 de noviembre de 2014

LA ESCALINATA: ALTORRELIEVE DE LOS AMANTES DE TERUEL


De todos los lugares en que he vivido mantengo recuerdos positivos e indelebles. En Teruel, pequeña capital de provincias, pasé tres años de mi adolescencia cuando estudiaba Magisterio en la Normal. Antes, sin embargo, la había visitado anualmente para examinarme en el Instituto como alumno de matrícula libre durante el período del Bachillerato. El descenso por la Escalinata que comunicaba el centro de la ciudad con dicho Instituto, el jardín de los Botánicos y la Estación de Ferrocarril me pasaba un tanto desapercibido. Los nervios, la angustia y la incertidumbre me mantenían abstraído e indiferente respecto del bello entorno. El ascenso por la Escalinata tras la dura sesión de exámenes, ya relajado, me resultaba más atractivo y las bellas formas que posee, a pesar de lo fatigoso que resultaba subir tantos escalones no me impedían admirar su grandeza y majestuosidad. Pero lo que me llamaba la atención hasta el extremo de interrumpir el ascenso, y quedarme embelesado, era el relieve de los Amantes que presidía uno de los rellanos de dicha Escalinata y que recogía la última escena trágica de esta tradición, para unos, y leyenda, para otros.

Los conocedores de esta historia de amor dramático saben que la primera circunstancia trágica sucede el mismo día de la boda. Diego logra entrevistarse con Isabel tras varios años de separación y sin noticias mutuas. Al despedirse para siempre de ella, le pide un beso. Isabel, recién casada con otro, se lo niega. Diego no puede soportar la angustia y la tensión de aquella despedida y muere de dolor a los pies de ella. La escena a la que hace referencia el altorrelieve de la Escalinata plasma el desenlace final de esta historia-leyenda de amor trágico. En la Iglesia de San Pedro tienen lugar los funerales por la muerte de Diego. Isabel vestida de boda, el rostro oculto entre sus velos, avanza por la nave central y se acerca para dar al cadáver de Diego el beso que le negó en vida. Isabel expira abrazada al cuerpo de Diego. El hecho conmocionó de tal manera a la ciudad entera, que ésta decidió dar sepultura a Diego e Isabel en la misma Iglesia donde aconteció tan dramático suceso. Los cuerpos de los Amantes fueron hallados en 1555, con ocasión de obras realizadas en dicha iglesia de San Pedro.

La influencia de la arquitectura mudéjar en el patrimonio turolense es sumamente importante, como puede comprobarse en esta Escalinata, construida entre 1920 y 1921 en estilo claramente neomudéjar. Este estilo se introducirá en Teruel en 1909, como fruto tardío de la tradición historicista del S. XIX. Convirtiéndose en un auténtico tópico arquitectónico, presente en buena parte de los edificios públicos. Con independencia de su uso puramente funcional, José Torán de la Rad (Teruel 1888-1932), artífice de esta obra, persigue con ella dotar de un acceso digno a la ciudad, así como poner de manifiesto elementos arquitectónicos y decorativos extraídos de la tradición mudéjar local.

sábado, 20 de octubre de 2012

MI PRIMERA ESCUELA: ARRABAL DE TERUEL



Escuelas del Arrabal 

Cada vez que accedo a Teruel, siempre por la misma entrada, traspaso los Arcos y miro hacia la izquierda. Allí se encuentra, a punto de cumplir los cien años, un edificio modernista singular que me trae recuerdos indelebles: la Escuela del Arrabal (ahora, Archivo Histórico Provincial). El artífice  de este edificio fue Pablo Monguió Segura (Tarragona, 1865 – Barcelona, 1956). Trabajó como arquitecto municipal y provincial de Teruel. Utiliza un lenguaje modernista para la arquitectura civil y un neogoticismo decimonónico para satisfacer la demanda religiosa. Lo mejor del modernismo turolense es obra de este insigne arquitecto.

Allí tuvo lugar mi primera experiencia docente, fuera de las prácticas que hacíamos en las Anejas de la Normal de Magisterio. Fue una experiencia inolvidable. Durante cierto tiempo sustituí a un amigo en un curso de alfabetización nocturno para gitanos que se llevaba a cabo en este barrio humilde, extramuros de esta pequeña capital.

Solo asistían mujeres de diversas edades. Charlaban sin cesar, alguna venía con su churumbel en brazos, y no tenían más pretensión que aprender a firmar (dibujar la firma) para dejar de ser analfabetas. Creo que apenas pude enseñarles nada, pero lo pasábamos bastante bien. Yo  aprendí a tocar palmas y, echándole un poco de imaginación, a leer las manos. Otro logro, por mi  parte, fue que desde entonces miro a estas personas de otra manera... Con mejores ojos.




Los Arcos