Mostrando entradas con la etiqueta Centro Aragonés de Barcelona. TERUEL. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Centro Aragonés de Barcelona. TERUEL. Mostrar todas las entradas

miércoles, 6 de noviembre de 2019

EL CENTRO ARAGONÉS DE BARCELONA. AUTÉNTICO SOS


Barcelona sobrecoge. Es otra ciudad, herida, contradictoria y escindida, y allí, en la calle Costa, desde septiembre de 1916 se asienta el Centro Aragonés de Barcelona, con su impresionante Teatro Goya, que llena casi siempre, y que vio pasar por su escenario a los más grandes intérpretes de un largo siglo: desde Margarita Xirgu hasta Concha Velasco. Ese edificio fue concebido por Miguel Ángel Navarro, hijo de Félix, el diseñador del Mercado Central.
El Centro Aragonés posee alma de caserón y de palacio a la vez. Y ha sido memoria viva de la presencia de los aragoneses en Barcelona y en Cataluña. Cuando en 2008 recibió la Medalla de Oro al Mérito Civil, el alcalde Jordi Hereu tuvo una feliz y generosa intuición: dio las gracias a los aragoneses de Barcelona, y dijo que les habían ayudado a ser mejores y que habían dado, a lo largo del tiempo, una lección de tolerancia, adaptación y convivencia. Aragón ha tenido allí su fondeadero de inquietudes y de conocimientos, un armario de la historia. El pasado domingo 26 de octubre el Centro Aragonés entregó medallas a sus socios más veteranos, y nombró Socios de Honor, entre otros, a Jorge Gay y Ánchel Conte. El primero pintó dos espléndidos murales, que se inauguraron en 2009, y que responden a su pintura de emoción y colorido y símbolos, transida de sueños. Y el segundo impartió allí clases de aragonés y disfrutó, muchos días, muchas veces, de los tesoros incalculables de la Biblioteca del Centro, que ha conducido desde hace más de un cuarto de siglo Cruz Barrio, que le ha puesto piso, refugio de alta montaña y cueva secreta a este pequeño país en su corazón y entre sus libros. Nada nuestro le ha sido ajeno: su compromiso produce escalofríos. En el acto, cantaron Kike Ubieto y Os Chotos, tres temas en cada idioma de la Comunidad, y la coral del Centro entonó habaneras y el Himno de Aragón, algo que allí siempre se ha tenido a gala, aunque no sea fácil. El Centro tiene nuevo presidente, Jesús Félez, de Alcorisa, alrededor de 900 socios y vive la situación más crítica de su historia. Hasta el seguro les ha retirado su confianza, y sus directivos, desbordados y abatidos, solo esperan no un milagro, sino que el presidente Javier Lambán, tan enamorado de la buena prosa e historiador, encuentre unos minutos para saber el estado de la cuestión y también de los sueños de futuro.

Antón Castro. Este texto apareció el pasado domingo en Heraldo. El mural, "El lugar de los sueños" es de Jorge Gay.

martes, 18 de noviembre de 2014



1.- Emigración: Más de 200.000 aragoneses viven en Barcelona y su área metropolitana, cifra que convierte a la capital catalana en la segunda ciudad del mundo en cuanto a población aragonesa.

La importancia de la emigración de aragoneses hacia Barcelona ha sido una constante durante todo el siglo XX. A diferencia de otras corrientes migratorias, los aragoneses comenzaron a emigrar hacia la capital de Cataluña antes de que estallase la Guerra Civil.

A comienzos del siglo pasado se estimaba en unos cincuenta mil el número de aragoneses residentes en Barcelona, lo cual puede sorprender teniendo en cuenta que la ciudad no llegaba entonces al millón de habitantes.

2.- Casas regionales: Por tanto, ya en 1909 era destacada la presencia aragonesa en la capital catalana. Fruto de esa corriente surgió el Centro Aragonés de Barcelona que ya ha celebrado su I Centenario. (También se halla en la ciudad Condal otro Centro Aragonés, el de Sarriá. La Casa de Aragón, la tercera casa regional aragonesa de Barcelona se fusionó hace pocos años con el actual Centro al que hacemos especial referencia). En la actualidad, el Centro se erige en punto de encuentro de la comunidad aragonesa en Cataluña. Son más de 1500 los socios que se reúnen en un distinguido edificio situado en una de las arterias más comerciales de Barcelona, la Ronda de Sant Antoni, muy cerca de la Plaza Universidad. Múltiples actividades se desarrollan allí a lo largo del año: academia de baile, jota y rondalla, clases de solfeo, escuela de bombos y tambores, grupo de coral, grupo de teatro, clases de danza oriental y de kárate, taller de modistería y traje aragonés, taller de danzas, servicios de ATS, de podología, de peluquería, bar y restaurante, baile, etc. Tanto la Dirección del Centro Aragonés como las Peñas organizan numerosos actos culturales y festivos.

La Peña Turolense durante varios años ha llevado a cabo una programación de actos culturales y festivos muy activa y siempre se ha visto gratificada con la asistencia de numerosos paisanos a todos lo eventos organizados. Homenajes a turolenses destacados, nombramiento de “Turolenses de Mérito”, conferencias, exposiciones, cenas y festivales de jotas, excursiones y viajes culturales, torneos, etc. Igualmente destacable es el Grupo de bombos y tambores que participa en la Cabalgata de las Fiestas de la Mercè de Barcelona y es requerido a otros eventos festivos de carácter municipal por distintos ámbitos de la provincia. Incluso ha llegado a organizar una “Rompida” en la mismísima Plaza de Cataluña.

Evidentemente que el Centro Aragonés de Barcelona es sólo un ejemplo concreto visible y palpable de la presencia de los aragoneses en la ciudad Condal, pero nuestra presencia se hace extensible a otros ámbitos de carácter laboral, social y cultural de la vida catalana.

3.- A caballo entre Cataluña y Aragón: Las estadísticas dicen que los turolenses que residimos fuera de la propia provincia somos casi tantos como los que permanecen en ella. Yo voy a referirme sólo a Barcelona y su área metropolitana. No vivimos en el lugar de origen, pero tampoco plenamente en el país de acogida. Y eso que, a diferencia de los provenientes de otras comunidades, tenemos fama de integrarnos con relativa facilidad. Es la única solución posible para superar el desarraigo, el aislamiento y la incomprensión. Francisco Candel lo vio con claridad en los años sesenta (Els altres catalans) y el tiempo le ha dado la razón. Los nuevos catalanes, ligados por residencia con el devenir general de la sociedad catalana, solo podrían progresar en la medida en que colaborasen con ésta, no tan sólo en el aspecto económico, sino también en cultural, social y político. Dicho compromiso, por supuesto, tenía que ser mutuo. Esta relativa integración en el caso de los que vinimos de Teruel, plena en el caso de nuestros hijos, no ha supuesto renuncias ni olvido de nuestra tierra turolense. El agradecimiento a la tierra de acogida no ha mermado un ápice el cariño a la propia.

Por eso volvemos a nuestros pueblos en cuanto las circunstancias nos lo permiten, restauramos las casas según nuestras posibilidades y ocupamos temporalmente el hueco de nuestras propias ausencias. Durante estas estancias nos ponemos al día y nos empapamos de los sinsabores propios de la cuestionada supervivencia de esos numerosos pueblos silenciosos y casi desiertos durante el largo y duro período invernal y alimentamos esperanzas de que se toque fondo de una vez y se supere esta diáspora secular que amenaza con dejar la provincia convertida en “una reserva de recuerdos y ausencias eternas”.

Y cuando retornamos a nuestra vida cotidiana en la urbe masificada y en su cinturón industrial multiétnico, con cierto regusto de nostalgia indeseada, seguimos al tanto de cualquier novedad que se produzca en nuestra tierra de origen. Sin embargo, y sin dejar de lado nuestras propias responsabilidades, y sin caer en el tópico de culpar de todas las carencias al Gobierno central o al autonómico, observamos con desánimo que ni el largo y ensombrecido período de la posguerra ni la democracia anhelada durante tantos años han supuesto una mejora de las condiciones materiales.

Nuestra provincia, y sin ignorar los cambios habidos y las relativas mejoras llevadas a cabo, magnificadas por algunos, sigue estando al margen de los grandes ejes de comunicaciones, las carencias de servicios que satisfagan las necesidades de nuestros municipios son palpables y los planes de infraestructuras son más que menguados.

Ni la inclemencia del tiempo, ni la sequía, ni la orografía justifican que esta provincia del Sur de Aragón se haya convertido en un conjunto de pueblos que, salvo escasísimas excepciones, están muy despoblados y sus escasos habitantes apenas se dejan ver por las calles donde hasta el eco de tiempos mejores les castiga con su ausencia.